Cuando la empatía es lo más importante para tratar a un paciente | MedForum

Éste es el relato de la paciente con dolor en las articulaciones que me recordó por qué escogí esta profesión.  


 

En la escuela de Medicina nos preparan para todo: para detener sangrados, reanimar corazones e incluso para recibir nuevas vidas y despedir otras, pero nunca nos enseñan cómo reaccionar ante los inevitables e inesperados momentos en que quedamos completamente vulnerables frente al paciente.  

Era fin de mes, el cansancio acumulado me hizo avanzar en modo automático hasta que llegó esa paciente que, sin saberlo, era el reflejo de lo que le ocurrió a mi abuela, de mis miedos y de mi intento por ocultarlos. ¿Cómo estar preparada para eso?

La paciente tenía 33 años de edad, igual que yo. Acudía porque en las últimas semanas el dolor que la artritis reumatoide le provocaba en las articulaciones de las rodillas y las manos era insoportable. Me dijo que notaba que la deformidad de los dedos empeoraba y que cada día le resultaba más complicado tomar los objetos.

Debo admitir que apenas y observé las zonas que la mujer mencionaba mientras comenzaba a hacer la receta con antiinflamatorios y analgésicos. En ese momento la paciente me vio directo a la cara y me dijo “Dra. ¿vale la pena seguir buscando una solución? Así como usted, muchos otros doctores me miran de lejos y me dan los mismos medicamentos que solo funcionan temporalmente”.

 

En ese momento me transporté años atrás cuando era una adolescente y acompañaba a mi abuela a sus consultas de control. Ella también tenía artritis reumatoide y recuerdo muy bien que un día mientras salíamos del hospital, muy decepcionada me hizo la misma pregunta: “¿vale la pena seguir haciendo esto, hija? Sé que me va a seguir doliendo”.

 

Tratando de animarla le respondí: “Pero hoy fue otro doctor, abue” y su respuesta me rompió el corazón porque sabía que era verdad: “ni siquiera me miró a los ojos, ni vio dónde le dije que me dolía y aunque hoy me bañé justo antes de venir para ver si así se acercaban y revisaban mis manos y rodillas, tampoco lo hicieron.”

 

Mi mente regresó al consultorio, de inmediato me levanté de mi lugar y fui a revisar a la paciente. Estando más cerca de ella pude apreciar su triste mirada y las importantes deformaciones en sus dedos.

 

Entonces me pregunté a mi misma “¿Vale la pena? Ya ni siquiera toco las manos de mis pacientes, ya ni siquiera toco su dolor”. La miré a los ojos y me di cuenta de que cuando lo haces con una entera consciencia ocurre algo que te permite observar de frente su incertidumbre, su miedo.

Debo admitir que durante años he evitado hacerlo por miedo a no saber resolver la situación, pero ese día, con el recuerdo de mi abuela presente, me di cuenta de que cuando tocas al otro le haces saber que está vivo, estableces empatía y le transmites compasión. Esto te permite sacarle una sonrisa y con confianza decir: “sí, vale la pena continuar en la lucha por recuperar la salud”.

 

Cuando volví a casa me miré al espejo y recordé que, sigo sintiendo como aquella adolescente que acompañaba a su abuela al hospital y que hubiera hecho todo lo posible para que los médicos fueran amables con ella.

 

Recordé que yo también tengo dolor y que sí, tal vez no pueda resolverlo todo, pero siempre tendré la posibilidad de tomar la mano del otro con compasión,  porque el sutil gesto de tocar el dolor de alguien más brinda un peculiar pero efectivo alivio y ¿no es esa nuestra misión cómo médicos?

 

P3: MX2106088026
Fecha de Expiración: 26/Mayo/2023
ENG.01.MAYO2023

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